Todo empezó en una cancha de pádel.

Con Matías nos conocimos jugando al pádel, y esa relación se fue profundizando hasta que empezamos a juntarnos también fuera de la cancha. Sabía que era zapatero, pero nunca le pregunté mucho sobre su trabajo — era un amigo, y sentía que meterme ahí era cruzar una línea que no me correspondía cruzar.

Hasta que un día me contó cómo estaba el rubro. Golpeado, como todo, por el bajo consumo. Y como amigo, fui a visitarlo a su fábrica en San Justo — sin otra intención que ver si había algo en lo que pudiera ayudar, sin buscar nada a cambio.

Ahí encontré los suecos.

Le pregunté si los vendía. Me dijo que sí, pero que era un producto al que no se animaba a darle lugar. Yo lo vi distinto: era un modelo inspirado en un sueco alemán muy reconocido, con potencial que todavía nadie le había encontrado. Empezamos a averiguar variantes, materiales, comodidad — y así salió el primero. Sin logo, sin ningún detalle de marca. Solo un zueco que balanceaba precio y calidad: cuero para quien buscaba algo más resistente, gamuza para quien quería un estilo más fino, colores que combinaban con todo.

Lo subimos a la web sin mucha expectativa. Era un producto más, de los que se prueban para ver si funcionan.

A los 21 días se vendía a diez pares por día.

Para Matías significó volver a tener un panorama de producción en medio de un año difícil. Para nosotros, un producto que empezaba a tomar identidad propia. A partir de ahí empezamos a hablar más — de especificaciones, de tonos, de personalizaciones, y de cómo comunicarle todo esto a nuestros clientes. Era parte de lo que veníamos haciendo desde el principio: escuchar qué le faltaba al producto para seguir puliéndolo, porque a la primera no había salido perfecto, y yo de zapatos no sabía mucho. No fue todo lineal: hubo variaciones de color en la gamuza que no coincidían con la foto, reclamos de clientes, y de nuestro lado el trabajo de responder a tiempo y sostener la confianza mientras entendíamos, junto a Matías, qué pasaba a nivel de producción a mayor escala.

Esa etapa —con errores incluidos— fue la que construyó la reputación que tiene hoy el zueco. Se convirtió en el producto más vendido de la web, y en la puerta de entrada para buena parte de la gente que hoy nos elige.

Con Matías seguimos trabajando en nuevos modelos, para hombre y para mujer, para que este proyecto siga creciendo de los dos lados.

Si hay algo que me deja esta historia es que a veces alcanza con dos personas que emprenden, que se ayudan sin buscar nada a cambio, y que sostienen eso con seriedad. No siempre sale perfecto. Pero de ahí salió el producto que más nos representa hoy.

 

We Are — no busca protagonismo, busca lo que funciona.